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Entradas

Domingo 27 de diciembre de 1964

Diario. ¿Cómo le regresas a alguien la experiencia de su primer beso? ¿Cómo reviertes lo que te hace sentir? Regresé a casa con un beso robado que no me gustó y, al parecer, con una novia impuesta. Me sentí como un idiota al no saber cómo reaccionar ante todo. Bueno… no sé cómo esperan que reaccione si solo tengo catorce años. No fue como en los poemas. No hubo silencio bonito ni algo que se quedara flotando en el aire. Fue correcto y medido como todo lo demás. Como si  alguien hubiera decidido por mí hasta la forma en la que debía recordarlo. Ni siquiera sé si se supone que debía sentir algo. ¿Nervios? ¿Ganas de volver a hacerlo? ¿Alegría? No sentí nada de eso. Sólo pensé que mi primer beso ya no era mío, y que las sensaciones que debería sentir habían sido anuladas y ahora ya no tenía permiso de experimentar.  Se suponía que debía ser uno de los mejores momentos de mi vida. Ese que cuando cierras los ojos imaginas y sonríes. Pero ahora me doy cuenta que si te descuidas pued...
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Sábado 26 de diciembre de 1964

-3 am-  Diario,  A mi madre nunca le ha preocupado si respiro... sólo cómo me veo.  —No te ensucies el traje, coño —me dijo mi madre, mientras me sacudía con más fuerza de la necesaria una pelusa invisible del saco negro y tiraba de mi corbata como si quisiera ajustarme también la vida—. Esto no es un juego, Tristán.  Yo apenas levanté la barbilla, dejándola hacer lo que se le pegara la gana. Siempre ha sido así, ella corrigiendo, acomodando, puliendo cada detalle como si el mundo fuera a detenerse por una arruga mal puesta. El nudo me apretaba tanto que tuve que tragar saliva dos veces antes de poder respirar con naturalidad.  —Ya está bien, madre… —murmuré, aunque sin apartarme.  Pero no se detuvo. Nunca lo hace y nunca lo hará. Para ella, todo esto era importantísimo: la razón por la que se despertaba cada día. La apariencia. Sus dedos, fríos y precisos, recorrieron la solapa, alinearon la tela, sacudieron una mota inexistente. Luego retrocedió apenas ...

Viernes 25 de diciembre de 1964 - Ibiza.

Diario.  Empiezo esta entrada disculpándome por no haber escrito en días. No por falta de ganas, sino por falta de lugar. La privacidad en el internado ha dejado de existir desde la última pelea y, desde entonces, ya no puedo tener diarios. El rector, en su infinita sabiduría —y su absoluta incapacidad para entender lo que significa pensar—, ha decidido prohibirme todo aquello que me pertenece: cuadernos personales, diarios, libros que no sean los suyos… incluso mis poemarios. Dice que es “por mi bien”. Lo dicen siempre así, como si con eso bastara. Pero sospecho que mi padre tiene algo que ver en todo esto. No sería la primera vez que decide qué puedo y qué no puedo hacer desde la distancia, como si yo fuese una extensión más de su apellido. Ahora sólo me está permitido escribir en los cuadernos de la escuela, como si las ideas obedecieran horarios y márgenes. Como si pensar pudiera limitarse a lo que cabe entre dos líneas azules. Puedo leer, sí… pero únicamente lo que ellos consi...

18 de noviembre de 1964

Me encuentro de regreso en el internado, y tan sólo puse un pie me metí en problemas. Al parecer, mis compañeros no saben la palabra privacidad y tomaron de mi casillero mi libro favorito de poesía, Les Fleurs du mal de Charles Bodelaire.  No debería sorprenderme. En este lugar, el encierro y la disciplina forzada provocan que la curiosidad siempre termine siendo malintencionada. Cuando entré al dormitorio, supe de inmediato que algo no estaba bien. Las risas eran demasiado dirigidas, demasiado conscientes. Y ahí estaba. Mi libro. Ese que me había traído del piso de mi abuelo en París. Ese que había sobrevivido la guerra y la posguerra. Tan antiguo y tan hermoso… En manos de alguien que no tenía la menor idea de lo que sostenía. —Mira lo que encontramos en el casillero del niño perfecto —dijo uno, levantándolo como si fuera un trofeo—. Vaya… el aristócrata también tiene su lado oscuro. —¡Devuélvemelo! —le pedí, con la voz firme. Estaba a punto de lanzarme contra él, pero David me s...

16 de noviembre de 1964

  Begoña… al parecer mis padres ya le han puesto nombre a mi futuro: Begoña . Begoña de la Torre. Hija de Saúl de la Torre y Pilar Ybarra. Bego —como todos la llaman— acaba de volver de Nueva York. La enviaron allá unos años para estudiar y aprender inglés. Ahora está de regreso en Ibiza y apareció esta noche en la fiesta, como si siempre hubiera estado destinada a estar ahí. Begoña es… muy blanca. Rubia, de un cabello dorado que parece reflejar la luz de las lámparas. Bien vestida, impecable. Llevaba un vestido de cuello alto color vino tinto que, a mi parecer, se le veía raro, aunque mi padre dijo que estaba hermosa. Yo no le veo la gracia. Es bonita, sí. Pero su actitud es horrible. En verdad, horrible. —Siempre debes saber dónde están los sirvientes, Tristán. Porque cuando uno les quita el ojo, hacen lo que se les pega la gana —me dijo cuando me preguntó si sabía dónde estaba el mayordomo. Lo dijo como si fuera una gran lección de vida. Como si yo tuviera que asentir con re...

15 de noviembre de 1964

  Ibiza, España Sé que dije que sería más constante escribiendo este diario, pero desde que mi padre me regañó por estar distraído he tenido que aplicarme más en los estudios. Dice que un Ruiz de Con no puede permitirse la mediocridad. Lo dijo mirándome como si yo fuera un proyecto mal terminado. Tengo materias extracurriculares como arte, donde paso horas dibujando jarrones que parecen todos iguales, e historia de la literatura antigua, donde el profesor Müller habla con voz monótona sobre poetas muertos hace siglos. A veces me pregunto si ellos también se aburrían en vida o si eso les vino después. No es que no me guste la poesía. Me gusta. Pero me gusta cuando se siente. Cuando duele un poco. Cuando parece que alguien la escribió porque no tenía otra forma de respirar. No cuando la desarman como si fuera un reloj viejo y le quitan todo lo que late. En fin. Tuve que viajar antes a Ibiza por el cumpleaños de mi padre. Como cada año, organiza una gran fiesta llena de empresario...

Internado, Suiza Octubre, 1964

  Siempre pensé que mi padre tenía la misma expresión que su padre en esta foto. La misma rigidez en los hombros. La misma forma de mirar sin mostrar nada. Con el tiempo entendí que no era frialdad. Era aprendizaje. Esta imagen no es un retrato familiar. (Para continuar leyendo la nota da click aquí ) Hoy voy a empezar a escribir más seguido. No sé si todos los días, pero al menos intentaré no dejar esto abandonado como todo lo demás. Dicen que soy inteligente. Eso es lo que más me molesta. Si soy tan inteligente, ¿por qué no me va bien en la escuela? No repruebo todo, pero tampoco soy el mejor. Me distraigo y con frecuencia me quedo mirando por la ventana. A veces me cuesta memorizar cosas que no me importan, pero en lo que tengo interés puedo ser un verdadero erudito. El director dice que “tengo potencial”. Sé que siempre dicen eso cuando alguien no cumple lo que esperan. Así que llamó a mi padre. Hoy vino al internado. Primero habló con el director mientras yo lo esperaba afuer...