-3 am-
Diario,
A mi madre nunca le ha preocupado si respiro... sólo cómo me veo.
—No te ensucies el traje, coño —me dijo mi madre, mientras me sacudía con más fuerza de la necesaria una pelusa invisible del saco negro y tiraba de mi corbata como si quisiera ajustarme también la vida—. Esto no es un juego, Tristán.
Yo apenas levanté la barbilla, dejándola hacer lo que se le pegara la gana. Siempre ha sido así, ella corrigiendo, acomodando, puliendo cada detalle como si el mundo fuera a detenerse por una arruga mal puesta. El nudo me apretaba tanto que tuve que tragar saliva dos veces antes de poder respirar con naturalidad.
—Ya está bien, madre… —murmuré, aunque sin apartarme.
Pero no se detuvo. Nunca lo hace y nunca lo hará. Para ella, todo esto era importantísimo: la razón por la que se despertaba cada día. La apariencia.
Sus dedos, fríos y precisos, recorrieron la solapa, alinearon la tela, sacudieron una mota inexistente. Luego retrocedió apenas un paso para observarme, evaluarme… como su inversión favorita. Su pase a una mejor vida. Y yo, para mi madre, no era más que un pilar más de su empresa.
—Enderézate.
Lo hice.
—No sonrías tanto.
Dejé de hacerlo.
—Y por el amor de Dios, compórtate como un Ruiz de Con.
Levanté la ceja. Esa frase siempre salía a colación, pero jamás la entendía… ni la entenderé. ¿Qué es, exactamente, comportarse como un Ruiz de Con? ¿Hacerlo como mi padre? Un hijo de puta, egocéntrico, burlón, de doble cara… ¿O como mi madre? Fría, calculadora… impecable por fuera y vacía por dentro.
¿Así tenía que comportarme con Begoña ese día? ¿A ella le gustaba esto? ¿Cómo sabían lo que ella quería? Es más… ellos no sabían ni lo que yo quería.
—¿Exactamente qué es comportarme como un Ruiz de Con? —se me escapó.
Furia… FURIA en la mirada de mi madre. Me tomó del brazo y me arrastró hasta la puerta principal de la casa de Begoña.
—Tu te tais tout de suite, Tristan. —su voz bajó, peligrosa—. Tu n’as aucune idée de ce que tu es en train de faire. —Apretó más fuerte—. Tu vas entrer, sourire et te comporter comme il faut. Pas un mot de plus. Pas une seule scène. Tu m’as comprise?
No era solo un regaño. Era una orden. Una amenaza envuelta en ese francés impecable que siempre usaba para reprenderme frente a todos y hacerlo sonar como un poema. Para muchos, el francés es el lenguaje del amor; para mí, es el idioma en el que me han dicho las cosas más hirientes de la vida.
—Hazle caso a tu madre… —escuché la voz de mi padre.
Ni siquiera lo había notado ahí. Como siempre. Aparecía cuando le convenía: para darle la razón a ella, para discutir con ella… o para recordarme a mí en qué lugar estaba.
No se acercó. No hizo falta. Su presencia era distante, casi decorativa, pero su voz bastaba para inclinar la balanza.
—No compliques las cosas, Tristán.
Levanté la vista y lo noté. Venía con un traje hecho a la medida, impecable, el cabello perfectamente peinado y ese rostro que cambiaba según la conversación… o según la persona. Las mejores sonrisas que le vi a mi padre eran frente a un cliente o a un posible socio con dinero. Conmigo… nunca.
—Ahora, recuerda, Tristán —dijo mi madre, llamando mi atención—. Begoña y su familia son sumamente importantes para la nuestra.
¿De qué forma?, estuve a punto de preguntar. Pero me lo guardé.
—Compórtate bien. No digas salvajadas y, por el amor de Dios, mantente como… como… comme un enfant modèle.
—¿Niño modelo? —repetí, arqueando una ceja.
—En pocas palabras, déjate de joder y compórtate —remató mi padre, sin más.
Mi madre suspiró, como si yo fuera un caso perdido, y entonces empezó. La lista.
—Nada de bromas fuera de lugar. No hables de tus “ideas”. No contradigas a nadie en la mesa. No menciones a tus amigos, menos a Canarias, sabes que los De la torre traen líos con ellos. Haz lo que Begoña te pida, lo que ella quiera... ¿eh?; y por favor, Tristán… nada de fantasear ni decir tonterías. A las mujeres no les gusta eso.
Cada indicación era una pequeña tijera, cortando lo poco que quedaba de mí.
—Sonríe cuando sea necesario. Escucha más de lo que hablas. Y si no sabes qué decir… no digas nada.
—En pocas palabras, no hago nada y espero a que me digan qué hacer —se me salió, con un deje de sarcasmo.
Mi padre soltó una carcajada breve, seca, como si le hubiera hecho gracia… o como si simplemente le resultara conveniente.
—Mira qué rápido aprende —dijo, acomodándose el saco—. Si aplicaras eso siempre, otro gallos nos cantaría.
La lección de Carreño se terminó y, después de estar casi una hora frente a la reja de la casa de los De la Torre, por fin entramos al coche.
Mi madre se roció medio frasco de perfume como si pudiera cubrir con eso todo lo que acababa de pasar, mientras discutía con mi padre casi a gritos. Yo me quedé en silencio, mirando al frente… aunque, en realidad, lo veía todo reflejado en el retrovisor.
Los ojos de Cayetano.
Siempre ahí. Siempre testigo. Siempre juzgando en silencio.
—¡Joder, Soledad! Solo te estoy pidiendo eso —zanjó mi padre, con la voz tensa.
Mi madre no respondió de inmediato. Sacó su pintalabios, se retocó con calma, como si el mundo no estuviera a punto de estallar dentro del coche, y luego sonrió apenas.
—Lo haré… si tú mantienes la compostura —murmuró con suavidad.
Se inclinó apenas hacia él, lo justo.
—Espèce d’ivrogne inutile —añadió en francés, casi como una caricia envenenada.
—Joder, Soledad… no me vengas con eso del francés, ¿eh? Sabes perfectamente que no te entiendo.
Ella esbozó una sonrisa mínima, satisfecha.
—Por eso mismo —respondió, acomodándose el abrigo como si nada hubiera pasado.
A veces me pregunto cómo demonios acabaron casados.
No hay amor. Eso es evidente. Ni siquiera hay odio del bueno, ese que arde y al menos te hace sentir algo. Lo suyo es distinto… más frío. Más calculado. Como si ambos hubieran firmado un acuerdo silencioso para convivir sin tocarse, sin mirarse demasiado, sin decir nunca lo que realmente piensan.
Dos extraños compartiendo una vida. Y lo más inquietante es que funciona. Comen juntos. Aparecen juntos. Sonríen cuando hace falta. Discuten cuando toca. Se sostienen lo suficiente para no caerse… pero nunca para levantarse. No sé si eso es matrimonio. O solo una sociedad bien organizada.
¿Qué hay del sexo? ¿Del amor? ¿De todo eso que nos venden en los poemas y en las novelas?
Yo no sé si podría estar casado con alguien sin sentir. Sin convivir de verdad… sin tocarse más allá de lo necesario… sin mirarse como si el otro importara. Sin… amar.
A veces pienso que quizá eso no existe. Que todo es una mentira bien escrita. Una fantasía que otros se permiten porque no tienen que sostener un apellido, una imagen, una vida ya decidida por ellos.
O quizá soy yo el que no encaja.
—¡Despabílate, Tristán! —me dijo mi madre, clavando los ojos en mí—. Sin fantasear.
Las puertas del coche se abrieron y bajamos los tres. El aire de la noche me dio de lleno en el rostro, pero no fue suficiente para despejarme.
Mi madre se giró hacia mí. No dijo nada, porque no hacía falta. Yo sólo asentí. No estaba de humor para otra lección.
El timbre sonó y, casi de inmediato, una mujer abrió la puerta.
—Bienvenidos, señores —anunció con una sonrisa medida—. Los señores los esperan en la sala.
Entramos.
¿Cómo describir la casa de Begoña?
Lo primero que sentí fue que no había aire. No porque faltara, sino porque todo estaba ocupado. Cada rincón, cada pared, cada espacio… lleno. Demasiado lleno.
Era una casa grande, eso era evidente. Una de esas construcciones en Ibiza que presumen de vistas al mar, techos altos y luz natural… pero aquí la luz parecía perderse entre capas de decoración. Cortinas pesadas, muebles robustos, mesas con más adornos de los necesarios, jarrones, cuadros, figuras… todo compitiendo por llamar la atención.
Nada respiraba.
Los sofás eran enormes, pero estaban rodeados de mesitas, lámparas, alfombras sobre alfombras. Las paredes, saturadas de cuadros dorados, algunos torcidos, otros demasiado juntos, como si no hubiera sido suficiente con uno solo. Incluso el suelo parecía desaparecer bajo tanta textura.
Exagerada. Recargada. Sofocante.
Una casa que quería gritar lujo… pero terminaba susurrando exceso. Y lo peor es que, a pesar de su tamaño, hacía que todo se sintiera más pequeño. Más cerrado. Como si en lugar de invitarte a entrar, te empujara lentamente hacia la salida.
Supongo que encajaba perfecto. Nada en esa casa estaba ahí por necesidad; todo era para aparentar.
—Soledad, Vicente… y… Tristán, ¡qué joven tan apuesto! —expresó Pilar, la madre de Begoña.
Abrazos, saludos, apretones de mano y sonrisas. Era curioso… esa era la única ocasión en la que yo podía ver a mi madre sonreír. Una sonrisa perfecta. Ensayada. Impecable.
—¿Y la hermosa Begoña? —preguntó mi madre, con un tono que casi sonaba genuino.
—¡Oh! Está en el solárium. Le gusta sentarse ahí a leer… —contestó Pilar, encantada—. ¿Queréis ir a buscarla, Tristán?
Me quedé de pie. Esperando. Como si alguien tuviera que darme permiso para moverme. Para respirar. Para existir. El silencio duró apenas un segundo.
Un pellizco seco en la espalda me hizo reaccionar.
—Ve, anda… búscala —dijo mi madre, con esa voz suave y maternal que a cualquiera podría engañar.
A mí no. A mí siempre me causaba escalofríos.
Asentí y di un paso al frente, sintiendo cómo todas las miradas se quedaban clavadas en mi espalda. Como si esto también formara parte del espectáculo.
Caminé hacia el solárium, mientras la vista me dolía por la cantidad de decoración que había a mi alrededor. No sé muy bien cómo llegué… pero llegué.
Ahí estaba Begoña.
Sentada con una postura impecable en una silla de hierro forjado, con un libro abierto entre las manos, como si formara parte del mismo mobiliario.
Entré despacio. Casi en silencio.
A diferencia del resto de la casa, ese lugar respiraba.
El solárium era un espacio acristalado, rodeado de ventanales altos que dejaban entrar la luz sin filtros. Plantas por todas partes —helechos, palmeras pequeñas, bugambilias trepando con descuido elegante—, macetas de cerámica, algunas en el suelo, otras colgando. Un par de mesas de mimbre, cojines claros, ligeros… incluso el aire parecía distinto ahí dentro; más limpio, más real y natural.
La luz caía directamente sobre ella, dibujándole el perfil con una suavidad que no había visto en ningún otro rincón de esa casa. Por un momento, no supe si interrumpir o quedarme ahí, observando. Como si ese espacio no fuera para mí. Como si nada de eso lo fuera.
—¿Te vas a quedar ahí de pie o vas a entrar? —me preguntó.
Begoña alzó la vista y me sonrió.
—¿Sí sabes por qué estás aquí, cierto? —dijo, como si la respuesta fuera obvia.
—Para… ¿verte? —respondí, con una ingenuidad que ni yo mismo me creí.
Ella dejó el libro a un lado con cuidado, como si incluso ese gesto estuviera ensayado. Luego se puso de pie y caminó hacia mí.
Parecía una muñeca.
Perfectamente vestida. Perfectamente peinada. Perfectamente… colocada en el lugar exacto donde debía estar.
—Tú y yo vamos a ser novios —dijo, sin rodeos, mientras tomaba mi mano.
La suya estaba tibia, la mía, no tanto.
—¿Cómo? —alcancé a decir, más por reflejo que por entender lo que estaba pasando.
No hubo explicación, ni duda, ni espacio para preguntar más. Sin más, Begoña se inclinó hacia mí y me besó en los labios. Fue un beso suave, medido, correcto; como todo en su casa, como todo en nuestras vidas.
Me quedé quieto, sin corresponder, sin entender ni sentir. Sólo pensando que este era mi primer beso en la vida y ya estaba arruinado. Porque, al parecer, eso también estaba decidido por mí.
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Ay Tristan aún me duele cada cosa que sus padres le hicieron
ResponderBorrarHay Tristán no sé que hubiera hecho yo con todo lo que te paso en ese momento.
ResponderBorrarNo puedo creer que ningún primer beso fuera tuyo
Nooo tu primer beso y te lo robaron.
ResponderBorrarYo creo que haz sido valiente para quedarte por que con todo lo que ha pasado yo creo que hubiera huido
Que horribles personas eran los papás de Tristan.
ResponderBorrarBegoña se aprovecho de Tristan al robarle su primer beso.
ResponderBorrarQue horror que familia pobre Tristán!!!
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