Diario.
Empiezo esta entrada disculpándome por no haber escrito en días. No por falta de ganas, sino por falta de lugar. La privacidad en el internado ha dejado de existir desde la última pelea y, desde entonces, ya no puedo tener diarios.
El rector, en su infinita sabiduría —y su absoluta incapacidad para entender lo que significa pensar—, ha decidido prohibirme todo aquello que me pertenece: cuadernos personales, diarios, libros que no sean los suyos… incluso mis poemarios.
Dice que es “por mi bien”. Lo dicen siempre así, como si con eso bastara. Pero sospecho que mi padre tiene algo que ver en todo esto. No sería la primera vez que decide qué puedo y qué no puedo hacer desde la distancia, como si yo fuese una extensión más de su apellido.
Ahora sólo me está permitido escribir en los cuadernos de la escuela, como si las ideas obedecieran horarios y márgenes. Como si pensar pudiera limitarse a lo que cabe entre dos líneas azules. Puedo leer, sí… pero únicamente lo que ellos consideran adecuado. Por fortuna, Les fleurs du mal forma parte del temario, así que pude conservarlo. Todo lo demás “tuve que tirarlo a la basura”.
O al menos eso creen. Porque aquí estoy, escribiendo.
Es una gilipollez. Pero, en fin, supongo que son los castigos de una época en la que los adultos creen que prohibir algo equivale a enseñarlo. A mí me gustaría quitarle la pasta a mi padre, a ver si entonces sigue teniendo la misma influencia y el mismo poder que tanto presume. Me gustaría ver qué hace si no tiene lo único que vale la pena en él.
En fin.
Hoy es Navidad. Nunca me han entusiasmado demasiado, pero esta… ha sido distinta. Bastante distinta. La invitada de honor ha sido la familia de la Torre. Y, entre ellos, Begoña.
Al parecer, mi madre organizó toda la cena con el único propósito de que ellos vinieran. O, más concretamente, de que ella viniera. Como si necesitara una excusa para colocarla frente a mí y observar qué ocurre.
Me he sentido acorralado toda la noche. Canarias no estaba aquí. Y cuando la fiesta es en tu propia casa, no hay dónde esconderse. Siempre hubo un criado que me encontró, o mi madre que aparecía de pronto y me obligaba a regresar al salón a convivir con ella. Terminé sentado en uno de los sofás de la sala, con ella frente a mí sonriendo.
Begoña se viste como una muñeca.
Llevaba un vestido de cuadros en rojo y verde, perfectamente entallado en la cintura y con la falda cayendo en pliegues impecables, como si ni siquiera el movimiento se atreviera a desordenarla. Las mangas cortas, ajustadas, y el cuello cerrado le daban ese aire correcto, casi excesivamente correcto, como si hubiera sido pensada más para ser observada que para moverse con libertad.
Todo en ella parecía calculado. Las medias blancas, los zapatos negros perfectamente lustrados… y ese moño rojo que recogía su cabello largo y rubio, dejándolo caer en ondas suaves sobre sus hombros. Parecía salida de una vitrina. Intocable y perfecta. Y, de alguna manera, completamente fuera de lugar en el mundo real.
Nos miramos durante demasiado tiempo. El tipo de silencio que no es cómodo, pero tampoco lo suficientemente incómodo como para romperlo. Ninguno de los dos dijo nada, porque no tenemos nada qué decirnos. No nos conocemos, somos extraños. Eso sí, ella sonreía. Todo el tiempo. Como si alguien le hubiera enseñado a hacerlo y ahora no supiera cómo dejar de hacerlo. Como si tuviera la sonrisa… congelada. No sé si era nerviosismo o costumbre o peor aún: educación.
Mis padres, por supuesto, no tardaron en notarlo. Me regañaron en cuanto encontraron el momento.
—Los Ruiz de Con sabemos cómo tratar a las mujeres —dijo mi padre, con ese tono suyo que no admite discusión—. Por eso nos casamos todos tan jóvenes. Bego es bella y atractiva, ¿qué es lo que quieres?
No supe qué contestar. No porque no tuviera respuesta… sino porque ninguna le habría gustado.
Pero, si pensaba que este día había sido una tortura, me equivoqué. Porque ahora resulta que los de la Torre nos han invitado a su casa mañana y, según mi madre, tengo “otra oportunidad”.
¿Otra oportunidad para qué? ¿Para sentarme en otro salón, en otro sofá, fingiendo interés mientras todos nos observan como si ya hubieran decidido nuestro futuro?
No lo entiendo. No entiendo por qué todos parecen tan convencidos de algo que ni siquiera ha empezado. Si así comienza una historia de amor…entonces prefiero no saber cómo termina.
—T.
ARCHIVO RUIZ DE CON
Sección: Diarios personales (1954–1965)
Estado del documento: Recuperado y digitalizado
Archivo recuperado.
Registro: Entrada de diario
Autor: Tristán Ruiz de Con
Fecha: 25 de diciembre de 1964
Lugar: Ibiza, España
Descripción:
Hoja manuscrita encontrada fuera del cuaderno original, visiblemente arrugada y con marcas de manipulación. El texto presenta una escritura continua, sin correcciones visibles, lo que sugiere un momento de urgencia o necesidad emocional.
El contenido corresponde a un periodo posterior a la sanción impuesta por el internado, en el que al autor se le restringió el uso de diarios personales. Este documento confirma que, a pesar de la prohibición, Tristán continuó escribiendo de forma clandestina.
Se identifica por primera vez la mención directa de Begoña de la Torre dentro de un contexto personal.


Comentarios
Publicar un comentario