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Internado, Suiza Octubre, 1964

 

Siempre pensé que mi padre tenía la misma expresión que su padre en esta foto. La misma rigidez en los hombros. La misma forma de mirar sin mostrar nada. Con el tiempo entendí que no era frialdad. Era aprendizaje. Esta imagen no es un retrato familiar. (Para continuar leyendo la nota da click aquí)


Hoy voy a empezar a escribir más seguido. No sé si todos los días, pero al menos intentaré no dejar esto abandonado como todo lo demás.
Dicen que soy inteligente. Eso es lo que más me molesta. Si soy tan inteligente, ¿por qué no me va bien en la escuela? No repruebo todo, pero tampoco soy el mejor. Me distraigo y con frecuencia me quedo mirando por la ventana. A veces me cuesta memorizar cosas que no me importan, pero en lo que tengo interés puedo ser un verdadero erudito. El director dice que “tengo potencial”. Sé que siempre dicen eso cuando alguien no cumple lo que esperan.
Así que llamó a mi padre. Hoy vino al internado. Primero habló con el director mientras yo lo esperaba afuera nervioso e impaciente. Veía por la ventana como los otros jugaban fútbol mientras la reunión dentro de la oficina era por mí.
Cuando mi padre salió, ni siquiera me miró. Simplemente caminó hacia la habitación y me hizo entrar detrás de él. Me sentía muy nervioso cuando cerró la puerta y soltó un suspiro fuerte, pesado, como si yo fuera una carga más en su equipaje.
Tenía esa mirada de siempre. Esa que me atraviesa. La que me hace sentir pequeño. Una mirada que huele a fracaso y decepción. Mi padre nunca me ha mirado con amor, así que he aprendido a reconocer esa expresión como la única forma de atención que sé que puedo recibir de él.
—¿Sabes lo mucho que me molesta que interrumpan mis planes para venir a escuchar que te has portado mal, que te peleas, que te distraes? —inició.
—Padre... — murmuré, para comenzar a disculparme.
Él me hizo la señal de que guardara silencio.
—¿Qué es lo que quieres, Tristán? —me preguntó—Te doy todo. absolutamente todo. Una escuela a la que muchos quisieran asistir, ropa, comida, todo lo que puedas necesitar y parece que no es suficiente. Desperdicias tu tiempo en peleas...
—Jerónimo inició... —Traté de defenderme.
—¡No te pago todo esto para que vengas a soñar, ni para forjar una amistad con Canarias! —me gritó con fuerza—. El director dice que tienes capacidad —continuó—. Que podrías ser el mejor si quisieras, pero prefieres perder tu tiempo mirando por la ventana y escribiendo ridículos poemas y jugando con esa cámara.
Mi padre señaló la cámara que se encontraba sobre mi escritorio. Yo en un instinto me hice para atrás para protegerla.
—Me estás avergonzando... —dijo al final—. ¡¿Qué no lo entiendes, Tristán?! ¡Eres el heredero de mi apellido, de mis bienes, de mi empresa! —gritó—. ¡Eres todo lo que tengo, desgraciadamente! ¿Por qué no lo entiendes? ¡Incluso Canarias entiende que tiene un deber con su propio padre! ¡Ojalá Canarias fuera mi hijo!
Me quedé en silencio. Sentía cómo se me hacía un nudo en la garganta. No sabía qué dolía más: que gritara… o que dijera mi nombre como si fuera un error.
Por un segundo quise decirle que entonces lo adoptara. Que me dejara en paz. Pero no lo hice. Nunca digo lo que de verdad quiero decir.
—No sirves para esto si sigues así —continuó, bajando la voz, pero no la dureza—. Y si no sirves para esto, no sirves para nada. ¿Qué es lo que quieres hacer de tu vida, Tristán?
Sé que no fue una pregunta directa, pero me atreví y se lo dije:
—No quiero ser lo que usted quiere —dije sin mirarlo—. Yo quiero ser fotógrafo. Quiero escribir.
El silencio se volvió pesado. No me dejó seguir.
La bofetada llegó rápida. Sentí cómo mi cuerpo se tambaleaba con la fuerza de su mano, pero no me tumbó. Sentí el calor subir por la mejilla y el orgullo atorado en la garganta. No dejé que las lágrimas salieran. No frente a él. Me mantuve firme, aunque por dentro todo estuviera temblando.
—Deja de decir tonterías —sentenció—. Vas a hacer lo que tienes que hacer. Y punto. No quiero más quejas tuyas, ¿me entiendes? ¡Fájate los pantalones y sé el hijo que tienes que ser!
Luego resopló, con ese gesto de desprecio que conozco tan bien.
—¿Poeta? ¿Fotógrafo? ¿Qué hice yo para merecer eso?
Eso. Justo eso. Como si yo fuera un castigo y tuviera una enfermedad que es soñar.
Cuando cerró la puerta lo sentí: nunca iba a poder hacerlo feliz, pero tampoco iba a poder dejar de intentar ser yo... estoy perdido.

Comentarios

  1. Hay no un padre no debería ser así, debería dar amor, respeto y comprensión

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    Respuestas
    1. Gracias por tu comentario.

      Entiendo lo que dices. A veces, cuando uno lee ciertas partes del archivo, es fácil pensar en lo que debió ser y no fue. Pero mi intención al digitalizar estos diarios no es juzgar, sino conservar. Mi padre escribió desde lo que entendía en ese momento, con sus límites y sus silencios.

      Creo que el archivo no busca señalar culpables, sino mostrar procesos. Las heridas también forman parte de la herencia.

      Aprecio que te hayas tomado el tiempo de leer y reflexionar.

      — MRC

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  2. Un padre frio y cruel, nada que ver con Tristán como padre.

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  3. Gracias por compartir tu impresión.

    Entiendo que, al leer ciertas entradas, la figura de mi abuelo pueda percibirse así. Mi padre también lo vio de distintas maneras a lo largo de su vida. Los diarios no muestran una versión suavizada de nadie, sino lo que él sintió en cada etapa.

    Tal vez por eso mismo decidió ser un padre diferente.

    A veces no heredamos el afecto, pero sí la decisión de cambiarlo.

    Gracias por leer y por tomarte el tiempo de comentar.

    — MRC

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  4. Oye Manu le puedes decir por favor a Tristán que admiro su valentía por contestar pese al miedo y admitir sus sueños

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  5. Menudo padrazo el de Tristán, ¿eh? Madre mía... Me encanta ver cómo en el libro se rebela contra todo lo establecido, por fin. Ya era hora.Menudo padrazo el de Tristán, ¿eh? Madre mía... Me encanta ver cómo en el libro se rebela contra todo lo establecido, por fin. Ya era hora.

    - Natalia G. P.

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15 de noviembre de 1964

  Ibiza, España Sé que dije que sería más constante escribiendo este diario, pero desde que mi padre me regañó por estar distraído he tenido que aplicarme más en los estudios. Dice que un Ruiz de Con no puede permitirse la mediocridad. Lo dijo mirándome como si yo fuera un proyecto mal terminado. Tengo materias extracurriculares como arte, donde paso horas dibujando jarrones que parecen todos iguales, e historia de la literatura antigua, donde el profesor Müller habla con voz monótona sobre poetas muertos hace siglos. A veces me pregunto si ellos también se aburrían en vida o si eso les vino después. No es que no me guste la poesía. Me gusta. Pero me gusta cuando se siente. Cuando duele un poco. Cuando parece que alguien la escribió porque no tenía otra forma de respirar. No cuando la desarman como si fuera un reloj viejo y le quitan todo lo que late. En fin. Tuve que viajar antes a Ibiza por el cumpleaños de mi padre. Como cada año, organiza una gran fiesta llena de empresario...