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16 de noviembre de 1964

 




Begoña… al parecer mis padres ya le han puesto nombre a mi futuro: Begoña.

Begoña de la Torre. Hija de Saúl de la Torre y Pilar Ybarra. Bego —como todos la llaman— acaba de volver de Nueva York. La enviaron allá unos años para estudiar y aprender inglés. Ahora está de regreso en Ibiza y apareció esta noche en la fiesta, como si siempre hubiera estado destinada a estar ahí.

Begoña es… muy blanca. Rubia, de un cabello dorado que parece reflejar la luz de las lámparas. Bien vestida, impecable. Llevaba un vestido de cuello alto color vino tinto que, a mi parecer, se le veía raro, aunque mi padre dijo que estaba hermosa.

Yo no le veo la gracia. Es bonita, sí. Pero su actitud es horrible. En verdad, horrible.

—Siempre debes saber dónde están los sirvientes, Tristán. Porque cuando uno les quita el ojo, hacen lo que se les pega la gana —me dijo cuando me preguntó si sabía dónde estaba el mayordomo.

Lo dijo como si fuera una gran lección de vida. Como si yo tuviera que asentir con respeto.

Yo solo la miré. No supe qué decir. Bueno… sí supe, pero mi madre estaba justo detrás de nosotros y no quise meterme en problemas cuando los invitados se fuesen. Begoña sonrió después, satisfecha consigo misma, como si acabara de demostrar algo importante para todos. 

Mi madre sonrió.

—La estás educando bien, Pilar —la alabó.

—Es una De la Torre… ¿qué más esperabas? —respondió, para luego reír con mi madre como si hubiese soltado la cosa más graciosa del mundo.

Yo no entendí el chiste. O quizá sí. Solo que no me hizo ninguna gracia. 

Mi madre me lanzó una mirada que decía claramente “ríete, anda”, así que me limité a sonreír. Después, entre ellas empezaron a planear actividades en las que Begoña y yo pudiéramos coincidir.




—Está claro que esa es tu sorpresa —me dijo Canarias, mientras bebíamos vino a escondidas en una de las terrazas de la casa—. Ainhoa, mi hermana, conoce a los De la Torre y dice que tienen pasta. Mucha. Supongo que tu madre está moviendo fichas y tu padre la está respaldando.

—¿Moviendo fichas? —pregunté, aunque incluso a mí me sonó demasiado ingenuo.

David dio un trago a la botella y suspiró. Él entiende de negociaciones, de negocios y de todo lo que tenga que ver con la pasta. Está convencido de que algún día llevará la empresa de su padre a lo más alto.

—Seguro que tu padre necesita la pasta de los De la Torre y han cerrado una alianza en la que tú formas parte…

Me quedé en silencio, mirándolo a los ojos.

David captó mi expresión.

—Te van a casar con Bego, hermano.

—¡Casar! ¿Cómo que me van a casar? Pero si apenas tengo catorce años. ¿Cómo es posible que me casen?

¿Qué pasó con el enamoramiento? ¿Con la conquista? ¿Con el amor? Ni siquiera me gusta Bego. A mí me gustan las morenas, de cabello negro y piel dorada. Bego es tan blanca que parece un fantasma.

—Yo no me quiero casar con Bego —le confesé a David en voz alta.

Lo digo porque es el único con el que puedo hablar sin que haya consecuencias.

—Yo tampoco me quiero casar con Sarahí Lafuente —respondió, muy seguro—. Pero, de momento, es lo que hay.

David miró hacia el mar. Él sigue esperando a su sirena para casarse. Fantasías de críos que leen demasiado.

Nos quedamos los dos en silencio, pensando en lo que acabábamos de decir.

—Creo que lo único que te queda es convivir con Bego y tratar de llevarte bien con ella —comentó al final. 

—¿Lo único que queda? —pregunté. 

Supongo que así empiezan las historias que uno no eligió.

Pensé que, si no tenía derecho a elegir mi carrera, mi ropa ni la familia en la que nací, al menos tendría derecho a elegir a mi esposa. Pero ya veo que no. Estoy condenado a una vida triste y vacía.

David volteó a verme y me sonrió.

—Tranquilo, tronco, que yo aquí siempre estaré para ti, ¿eh?

Lo dijo con esa seguridad suya, como si las cosas del mundo fueran más sencillas de lo que parecen. Luego me dio un pequeño golpe en el hombro y volvió a mirar al mar.

—Además —añadió—, todavía nos quedan unos cuantos años antes de que empiecen a mandarnos de verdad.

Le di otro trago a la botella.

—¿Y si no quiero que me manden nunca?

David se encogió de hombros.

—Pues entonces tendrás que aprender a escapar mejor que ellos.

Nos quedamos en silencio otra vez, mirando el horizonte oscuro. El mar seguía moviéndose como si nada de aquello importara.

Entonces pensé que quizá no podía elegir mi destino, pero sí podía elegir cómo desafiarlo.

Y eso haré.

Si ellos creen que pueden decidir mi vida, tendrán que aprender también a soportar las consecuencias.

Porque si no puedo ser libre… al menos seré imposible de controlar.




Comentarios

  1. Hay no Tristán por eso fuistes tan rebelde fue más bien desafiar lo que no querías y que bueno por qu ve a dónde te llevo

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  2. Creo que mi padre también entendió algo parecido con los años. A veces la rebeldía no nace solo del deseo de romper reglas, sino de la necesidad de encontrar un lugar propio cuando otros ya han decidido demasiado por ti.

    Desafiar lo que no quería fue, en cierta forma, su manera de descubrir quién era realmente. Y quizá por eso el camino lo llevó exactamente a donde tenía que llegar.

    Gracias por leer el archivo con tanta atención.

    ResponderBorrar

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