Ibiza, España
Sé que dije que sería más constante escribiendo este diario, pero desde que mi padre me regañó por estar distraído he tenido que aplicarme más en los estudios. Dice que un Ruiz de Con no puede permitirse la mediocridad. Lo dijo mirándome como si yo fuera un proyecto mal terminado.
Tengo materias extracurriculares como arte, donde paso horas dibujando jarrones que parecen todos iguales, e historia de la literatura antigua, donde el profesor Müller habla con voz monótona sobre poetas muertos hace siglos. A veces me pregunto si ellos también se aburrían en vida o si eso les vino después.
No es que no me guste la poesía. Me gusta. Pero me gusta cuando se siente. Cuando duele un poco. Cuando parece que alguien la escribió porque no tenía otra forma de respirar. No cuando la desarman como si fuera un reloj viejo y le quitan todo lo que late.
En fin. Tuve que viajar antes a Ibiza por el cumpleaños de mi padre. Como cada año, organiza una gran fiesta llena de empresarios, socios y de las familias más cotizadas de España. Estarán los Santander, los de la Torre y, por supuesto, los Canarias. Así que no será tan terrible porque estaré con David. Con él, al menos, puedo ser yo sin que me estén midiendo la postura.
Esas fiestas me aburren a morir. Tengo que estar perfecto, dentro de un traje que me aprieta los hombros y no me permite ni siquiera trepar las piedras de la caleta como cuando era más pequeño. Me embadurnan el pelo con gomina hasta que parece que llevo un casco brillante. Mi madre dice que así me veo “presentable”. Yo creo que así dejo de parecer yo.
No puedo comer casi nada. No solo por no manchar la ropa, sino porque no hay nada que realmente me apetezca. Sirven cosas como foie gras, boeuf bourguignon, coq au vin, quiche lorraine, ratatouille, y de postre crème brûlée o profiteroles; del postre no me quejo. Todo muy elegante. Todo muy francés. Todo muy ajeno.
Ayer cometí la osadía de decirle a mi madre que estamos en España y que una buena paella no estaría mal. Lo dije en voz baja, casi en broma. Ella me miró con esa sonrisa que no es sonrisa y respondió:
—Los españoles no saben comer.
Me quedé callado. No supe qué contestar. Pensé en la cocinera, la madrina de Tita, de ese arroz que hace los domingos y me comparte a escondidas y en el Sofrit pagès, mi platillo favorito en el mundo. Pensé que, si eso no es saber comer, entonces no entiendo nada.
A veces siento que en esta casa todo tiene que parecer algo que no es. La comida no es nuestra. La música no es nuestra. Ni siquiera el idioma parece nuestro cuando todos se empeñan en meter palabras en francés para que suene más fino. Mi madre me obliga a hablarlo con ella, pero también lo hablo en el internado. Me gusta hablar español.
En fin. Mis padres dicen que mañana tengo que estar del todo presentable, que me tienen una sorpresa.
¿Sorpresa?
No recuerdo la última vez que una sorpresa suya fue algo que yo realmente quisiera. En mi casa, las sorpresas siempre vienen envueltas en papel caro y expectativas todavía más caras.
Ni siquiera en Navidad acertaban conmigo. Mientras otros niños recibían bicicletas, trenes eléctricos o balones, yo abría cajas con trajes hechos a la medida. Chaquetas de lana inglesa. Zapatos italianos. Corbatas que mi madre describía como “imprescindibles para un caballero”.
Recuerdo haber pensado, con siete u ocho años, que Papá Noel en mi casa era un fraude con traje rojo. Que debía de odiarme un poco. Después entendí que no era él. Eran ellos.
¿Qué niño quiere un traje? Supongo que el hijo que ellos esperan tener.
Mañana tengo que estar “impecable”. Esa fue la palabra exacta de mi padre. Impecable no significa feliz. Ni cómodo. Significa recto, limpio, silencioso. Como una pieza de porcelana que se exhibe pero no se usa.
Intento imaginar qué puede ser la gran sorpresa. ¿Un reloj? ¿Un nuevo tutor? ¿Otro internado más exigente? ¿Una fotografía oficial con algún socio importante? Tal vez quieran anunciar algo y yo forme parte del decorado.
A veces siento que las sorpresas en mi casa no son para mí, sino a través de mí.
Quizá exagero. Quizá mañana, por una vez, se trate de algo que yo desee. Pero no me hago ilusiones. Es peligroso hacerse ilusiones aquí.
Mañana lo sabré.
ARCHIVO RUIZ DE CON
Sección: Diarios personales (1960–1965)
Estado del documento: Recuperado y digitalizado
Archivo recuperado.
Poema: El astronauta de los mares
Autor: Tristán Ruiz de Con
Fecha estimada: Noviembre de 1964
Lugar: Ibiza, España
Descripción:
Poema manuscrito encontrado entre las páginas del diario fechado el 15 de noviembre de 1964. La tinta presenta ligeras variaciones de presión, lo que sugiere una escritura nocturna y sin correcciones visibles. No aparece mencionado en entradas posteriores del mismo año.
Que bello poema Tristán eres un genio
ResponderBorrar"Es peligroso hacerse ilusiones aquí..." ¿Cuál será esa sorpresa?
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