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| Internado en Suiza - Foto tomada por Tristán |
Hoy entendí que hay golpes que empiezan mucho antes de que alguien levante el puño.
Jerónimo de Alvarado y Cifuentes decidió sentarse frente a mí en el comedor. No es casualidad cuando alguien como él elige dónde sentarse.
Estaba demasiado cerca. Demasiado tranquilo.
—¿Sigues escribiendo esas tonterías por las noches, Ruiz? —comentó, jugando con el pan como si hablara del tiempo—. Dicen que tienes un cuaderno debajo del colchón. Que escribes poemas.
Algunos levantaron la vista. Yo no respondí. He aprendido que el silencio incomoda más. Entonces añadió, mirando por encima de mi hombro, hacia donde estaba David:
—Claro… con razón te juntas con él. Dos poetas. ¿También os cogéis de la mano cuando vais al mar?
Se oyeron risas bajas.
David dejó el tenedor sobre el plato con un golpe seco, pero no hizo nada. Sólo volteó a verme.
Jerónimo sonrió.
—¿Qué pasa? —insistió—. ¿Os molesta que lo diga en voz alta?
—Tristán —murmuró David mi nombre.
No era una advertencia. Era una pregunta. Como si todavía pudiera decidir no hacer nada.
Jerónimo metió la mano bajo la mesa con una rapidez casi infantil y, antes de que entendiera qué estaba haciendo, sacó mi mochila del banco de al lado.
—A ver… —dijo, revolviendo dentro—. ¿Dónde está la obra maestra?
Sentí cómo se me helaba el estómago.
—Devuélvela —le dije.
Pero ya había encontrado la libreta.
Mi libreta.
La levantó como si fuera un trofeo y la abrió sin cuidado, doblando las esquinas. Pasó páginas hasta encontrar algo escrito con más tinta que correcciones.
—“El mar no entiende de apellidos…” —leyó en voz alta, exagerando el tono—. “El horizonte es la única patria honesta…”
Algunos empezaron a reír.
Otros fingían no escuchar, pero nadie miraba hacia otro lado.
—Qué profundo, Ruiz —continuó—. ¿También lloras cuando escribes esto?
—Para —dije.
No levanté la voz. Pero no fue una petición.
—¿Qué? —siguió, hojeando—. Espera, espera… esta es mejor. “Si algún día me pierdo, que sea en el agua…”
—He dicho que pares.
David se levantó primero.
—Jerónimo, suéltala.
—¿O qué? —respondió él, sin dejar de sonreír—. ¿Vais a escribirme una carta?
No recuerdo haberme levantado. Solo recuerdo el ruido de la silla contra el suelo. Lo empujé primero, no con fuerza, solo lo suficiente para que entendiera que había cruzado una línea.
Jerónimo respondió sin dudar. Me lanzó un puñetazo torpe pero directo. Sentí el impacto en la mejilla antes de pensar en apartarme. La mesa se volcó y la jarra de agua se cayó al suelo.
—¡Pelea! —gritó uno de los que veían atentos la discusión
—¡Pelea! ¡Pelea! ¡Pelea! —gritaban todos juntos.
Jerónimo de Alvarado y Cifuentes decidió sentarse frente a mí en el comedor. No es casualidad cuando alguien como él elige dónde sentarse.
Estaba demasiado cerca. Demasiado tranquilo.
—¿Sigues escribiendo esas tonterías por las noches, Ruiz? —comentó, jugando con el pan como si hablara del tiempo—. Dicen que tienes un cuaderno debajo del colchón. Que escribes poemas.
Algunos levantaron la vista. Yo no respondí. He aprendido que el silencio incomoda más. Entonces añadió, mirando por encima de mi hombro, hacia donde estaba David:
—Claro… con razón te juntas con él. Dos poetas. ¿También os cogéis de la mano cuando vais al mar?
Se oyeron risas bajas.
David dejó el tenedor sobre el plato con un golpe seco, pero no hizo nada. Sólo volteó a verme.
Jerónimo sonrió.
—¿Qué pasa? —insistió—. ¿Os molesta que lo diga en voz alta?
—Tristán —murmuró David mi nombre.
No era una advertencia. Era una pregunta. Como si todavía pudiera decidir no hacer nada.
Jerónimo metió la mano bajo la mesa con una rapidez casi infantil y, antes de que entendiera qué estaba haciendo, sacó mi mochila del banco de al lado.
—A ver… —dijo, revolviendo dentro—. ¿Dónde está la obra maestra?
Sentí cómo se me helaba el estómago.
—Devuélvela —le dije.
Pero ya había encontrado la libreta.
Mi libreta.
La levantó como si fuera un trofeo y la abrió sin cuidado, doblando las esquinas. Pasó páginas hasta encontrar algo escrito con más tinta que correcciones.
—“El mar no entiende de apellidos…” —leyó en voz alta, exagerando el tono—. “El horizonte es la única patria honesta…”
Algunos empezaron a reír.
Otros fingían no escuchar, pero nadie miraba hacia otro lado.
—Qué profundo, Ruiz —continuó—. ¿También lloras cuando escribes esto?
—Para —dije.
No levanté la voz. Pero no fue una petición.
—¿Qué? —siguió, hojeando—. Espera, espera… esta es mejor. “Si algún día me pierdo, que sea en el agua…”
—He dicho que pares.
David se levantó primero.
—Jerónimo, suéltala.
—¿O qué? —respondió él, sin dejar de sonreír—. ¿Vais a escribirme una carta?
No recuerdo haberme levantado. Solo recuerdo el ruido de la silla contra el suelo. Lo empujé primero, no con fuerza, solo lo suficiente para que entendiera que había cruzado una línea.
Jerónimo respondió sin dudar. Me lanzó un puñetazo torpe pero directo. Sentí el impacto en la mejilla antes de pensar en apartarme. La mesa se volcó y la jarra de agua se cayó al suelo.
—¡Pelea! —gritó uno de los que veían atentos la discusión
—¡Pelea! ¡Pelea! ¡Pelea! —gritaban todos juntos.

Foto tomada por David Canarias Donato
Impulsado por esa chispa que siempre está dentro mío, me lancé contra él. Esta vez sí con fuerza.
Rodamos por el suelo entre platos rotos y zapatos intentando apartarse.
—¡Hostia, para ya, Tristán! —oí a David gritar.
David logró separarnos. Yo estaba ardiendo por dentro, con la sangre todavía zumbándome en los oídos. Jerónimo se limpió la nariz con el dorso de la mano, dejando una mancha roja en la manga del uniforme.
—¡Hazle caso al cobarde de tu amigo! —escupió—. Siempre sale corriendo cuando la cosa se pone fea.
David dio un paso al frente antes de que yo pudiera detenerlo.
—Repítelo —dijo, con la voz baja. Mucho más peligrosa que si hubiera gritado—. Repítelo si tienes huevos.
Jerónimo soltó una risa corta, nasal, aún teñida de sangre.
—¿Qué pasa, Canarias? ¿Te molesta? No sabía que te molestaba que Ruiz de Con tenga que pelear por ti.
David apretó los puños.
—Yo puedo pelear las mías —soltó, con la mandíbula tensa.
Jerónimo ladeó la cabeza.
—Pues demuéstralo.
David no esperó más. Le empujó con fuerza, directo al pecho. No fue elegante, ni estratégico. Fue puro enfado. Jerónimo trastabilló hacia atrás y volvió a lanzarse.
Y luego ya no fue solo mi pelea. Fue la suya. Fue la nuestra. David agarró a Jerónimo del cuello de la camisa cuando este intentó sujetarme del uniforme. No fue limpio, ni ordenado, fue rabia adolescente: tres compañeros tratando de separarnos, el perfecto gritando en francés.
Tenía sangre en el labio y en la nariz. Canarias ya llevaba varios rasguños en la mejilla y el cuello. Lo último que vi antes de que nos levantaran fue a Jerónimo escupiendo al suelo.
—Bueno, Ruiz de Con, al menos de poeta tienes futuro, porque como heredero no —dijo—. Pobre de tu viejo. Solo tiene un hijo y es un fracaso.
David quiso volver a lanzarse sobre él, pero yo lo detuve.No porque no tuviera razón, sino porque la tiene.
Ese fue el golpe que sí dolió. Ni los puñetazos, ni la burla y la sangre me pesaron tanto como eso que dijo. De pronto, la posibilidad de que, en algún rincón silencioso, mi padre pensara lo mismo.
Nos separaron y nos llevaron al despacho del prefecto. Mientras caminábamos por el pasillo, sentía la cara hinchada y la garganta apretada. David iba a mi lado, aún respirando fuerte.
—Es un imbécil —murmuró.
No contesté.
Estaba pensando que si escribir me convierte en un fracaso, entonces no sé qué se supone que debo ser. Pero esta noche, con el labio partido y el orgullo hecho polvo, he entendido algo:quizá no nací para ser el heredero que esperan. Quizá nací para otra cosa.
Y eso, aunque todavía no sé nombrarlo, no es una derrota.
Rodamos por el suelo entre platos rotos y zapatos intentando apartarse.
—¡Hostia, para ya, Tristán! —oí a David gritar.
David logró separarnos. Yo estaba ardiendo por dentro, con la sangre todavía zumbándome en los oídos. Jerónimo se limpió la nariz con el dorso de la mano, dejando una mancha roja en la manga del uniforme.
—¡Hazle caso al cobarde de tu amigo! —escupió—. Siempre sale corriendo cuando la cosa se pone fea.
David dio un paso al frente antes de que yo pudiera detenerlo.
—Repítelo —dijo, con la voz baja. Mucho más peligrosa que si hubiera gritado—. Repítelo si tienes huevos.
Jerónimo soltó una risa corta, nasal, aún teñida de sangre.
—¿Qué pasa, Canarias? ¿Te molesta? No sabía que te molestaba que Ruiz de Con tenga que pelear por ti.
David apretó los puños.
—Yo puedo pelear las mías —soltó, con la mandíbula tensa.
Jerónimo ladeó la cabeza.
—Pues demuéstralo.
David no esperó más. Le empujó con fuerza, directo al pecho. No fue elegante, ni estratégico. Fue puro enfado. Jerónimo trastabilló hacia atrás y volvió a lanzarse.
Y luego ya no fue solo mi pelea. Fue la suya. Fue la nuestra. David agarró a Jerónimo del cuello de la camisa cuando este intentó sujetarme del uniforme. No fue limpio, ni ordenado, fue rabia adolescente: tres compañeros tratando de separarnos, el perfecto gritando en francés.
Tenía sangre en el labio y en la nariz. Canarias ya llevaba varios rasguños en la mejilla y el cuello. Lo último que vi antes de que nos levantaran fue a Jerónimo escupiendo al suelo.
—Bueno, Ruiz de Con, al menos de poeta tienes futuro, porque como heredero no —dijo—. Pobre de tu viejo. Solo tiene un hijo y es un fracaso.
David quiso volver a lanzarse sobre él, pero yo lo detuve.No porque no tuviera razón, sino porque la tiene.
Ese fue el golpe que sí dolió. Ni los puñetazos, ni la burla y la sangre me pesaron tanto como eso que dijo. De pronto, la posibilidad de que, en algún rincón silencioso, mi padre pensara lo mismo.
Nos separaron y nos llevaron al despacho del prefecto. Mientras caminábamos por el pasillo, sentía la cara hinchada y la garganta apretada. David iba a mi lado, aún respirando fuerte.
—Es un imbécil —murmuró.
No contesté.
Estaba pensando que si escribir me convierte en un fracaso, entonces no sé qué se supone que debo ser. Pero esta noche, con el labio partido y el orgullo hecho polvo, he entendido algo:quizá no nací para ser el heredero que esperan. Quizá nací para otra cosa.
Y eso, aunque todavía no sé nombrarlo, no es una derrota.

Que bueno que se defendieron y no se quedaron quietos, se lo merecía y mucho.
ResponderBorrarGracias por tu comentario.
BorrarCreo que, en ese momento, para ellos no se trataba solo de defenderse, sino de proteger algo más: la amistad, el orgullo y también la dignidad. A veces la adolescencia no sabe explicar lo que duele, y el cuerpo habla antes que las palabras.
Con el tiempo, mi padre entendió que no todas las batallas se ganan con los puños. Pero esa, en particular, marcó algo importante en él.
Gracias por leer el archivo con tanta atención.
Tan Bello poema, y lo mejor es que se cumplió....Luz si lo encontró, se encontraron
ResponderBorrarGracias por leer el poema con tanta atención.
BorrarSolo una pequeña aclaración —aunque mi padre diría que es un error comprensible—: no fue Luz quien lo encontró, fue Ximena. A veces los nombres se adelantan en el tiempo cuando la historia se lee desde el final.
Supongo que eso también dice algo del poema: que él ya estaba buscando algo, incluso antes de saber cómo llamarlo.
Gracias por acompañar el archivo y por detenerte en estos detalles.
Me gusta la amistad que tienen, y que el poema es hermoso
ResponderBorrarGracias por decirlo.
BorrarCreo que la amistad fue una de las primeras cosas que mi padre entendió como lealtad verdadera. Antes del amor, antes del apellido, antes de las expectativas… estuvo eso.
Y el poema, de alguna forma, también nació de ahí.
Gracias por acompañar estos recuerdos.
Muchas veces las palabras duelen más que los golpes, pero sin duda alguna Tristán nació para ser más que un heredero.
ResponderBorrarCreo que a Jerónimo le quedó claro que ambos se pueden defender por si solos pero aún así el otro estará ahí para apoyar incondicionalmente
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