Hoy inicio este diario, justo el día de mi cumpleaños número catorce, por lo que decidí escribir uno que otro pensamiento que está pasando por mi mente.
Nadie nace en Ibiza o al menos eso pensaba. Yo nací al lado del mar. No sobre la arena, sino en la enorme habitación con vista al mediterráneo que mi madre convirtió en sala de partos. Pudimos haber ido a un hospital privado — el dinero que no era problema-, pero en la familia francesa de mi madre todos habían nacido en casa; así que yo también lo hice.
Nací un día como hoy pero de 1950, en pleno invierno. Eran las 9 am cuando llegué al mundo. Mi padre estaba terminando de desayunar cuando la partera bajó para anunciar mi llegada. Todo siempre se ha acomodado a él.
—Es niño — le dijeron.
—¡Un Ruiz de con más! —expresó.
Sacó un puro antes siquiera de entrar en la habitación y consolar a mi madre que, después de 12 horas de parto se encontraba sudorosa y agotada.
Mi madre apenas me miró unos segundos, sólo para asegurarse que fuese lo que ella y mi padre esperaban.
—Ahí está. Ya lo tienes. Ahora firma los papeles y déjame en paz.
No recuerdo esa escena. Por supuesto me fue relatada por otras personas y la he escuchado tantas veces en versiones distintas que se ha convertido en un recuerdo. Mi padre, dicen, sonrió. Mi madre pidió algo para la migraña. A veces pienso que eso fui para ella, una migraña. A veces pienso que eso fui para ella, una migraña interminable.
Experta, mi primera niñera. Se acercó a mi madre y ella ordenó:
—Arrópalo. Que no le dé el aire y no se enferme. Manténlo vivo.
Eso era suficiente para los dos. Cuando mi padre sugirió llamarme León Ruíz de con como mi bisabuelo. Mi madre se incorporó con una firmeza que nadie esperaba.
—No. Se llama Tristán.
(Así se llamaba su hermano).
—Dios, ¡qué nombre más antiguo! —se quejó.
—Se llama así y punto —insistió mi madre.
Fue la única batalla que peleó por mí.
Experta me cuidó durante los tres años. Me hablaba con dulzura, pero me dejaba llorar hasta que me quedaba dormido. Tal vez creía que así me hacía fuerte, tal vez sólo estaba cansada de hacer el papel de una madre.
Ella murió de un infarto una tarde cualquiera. Nadie me explicó nada. Al día siguiente llegó otra nana, más joven, con el cabello rizado y una sonrisa amplia que me tranquilizaba. Mi madre la llamaba "sirvienta". Yo la llamaba "mamá".
La bofetada que recibió por eso fue el primer acto de violencia que recuerdo.
—Ellas no son tus madres; soy yo —me gritó, mi madre.
Tenía sólo cuatro años.
A mi corta edad tres cosas me quedaban claras:

Esto me duele como un niño no puede ser amado por sus padres, pero se que tú Tristán serás un gran hombre
ResponderBorrarQue triste que a tan corta edad se diera cuenta de la crueldad en la sociedad y peor aun que sea en su propia familia que debería de amarlo🥺
ResponderBorrarAgradezco mucho tu dedicación con este archivo. Seguro que tu padre está muy orgulloso de que su historia sea digitalizada y tratada con tanto cariño y respeto.
ResponderBorrarUn abrazo.
- Natalia G.P.
Dios mío, qué dolor, tan pequeño que era Tristán... A las niñeras hay que agradecerles mucho desde siempre, pero en este caso más, porque gracias a ellas dos, tu padre se formó como el hombre de bien que es.
ResponderBorrarUn abrazo enorme.
- Natalia G. P