Diario. Empiezo esta entrada disculpándome por no haber escrito en días. No por falta de ganas, sino por falta de lugar. La privacidad en el internado ha dejado de existir desde la última pelea y, desde entonces, ya no puedo tener diarios. El rector, en su infinita sabiduría —y su absoluta incapacidad para entender lo que significa pensar—, ha decidido prohibirme todo aquello que me pertenece: cuadernos personales, diarios, libros que no sean los suyos… incluso mis poemarios. Dice que es “por mi bien”. Lo dicen siempre así, como si con eso bastara. Pero sospecho que mi padre tiene algo que ver en todo esto. No sería la primera vez que decide qué puedo y qué no puedo hacer desde la distancia, como si yo fuese una extensión más de su apellido. Ahora sólo me está permitido escribir en los cuadernos de la escuela, como si las ideas obedecieran horarios y márgenes. Como si pensar pudiera limitarse a lo que cabe entre dos líneas azules. Puedo leer, sí… pero únicamente lo que ellos consi...
Me encuentro de regreso en el internado, y tan sólo puse un pie me metí en problemas. Al parecer, mis compañeros no saben la palabra privacidad y tomaron de mi casillero mi libro favorito de poesía, Les Fleurs du mal de Charles Bodelaire. No debería sorprenderme. En este lugar, el encierro y la disciplina forzada provocan que la curiosidad siempre termine siendo malintencionada. Cuando entré al dormitorio, supe de inmediato que algo no estaba bien. Las risas eran demasiado dirigidas, demasiado conscientes. Y ahí estaba. Mi libro. Ese que me había traído del piso de mi abuelo en París. Ese que había sobrevivido la guerra y la posguerra. Tan antiguo y tan hermoso… En manos de alguien que no tenía la menor idea de lo que sostenía. —Mira lo que encontramos en el casillero del niño perfecto —dijo uno, levantándolo como si fuera un trofeo—. Vaya… el aristócrata también tiene su lado oscuro. —¡Devuélvemelo! —le pedí, con la voz firme. Estaba a punto de lanzarme contra él, pero David me s...